- León XIV recorre Francia en un viaje de cuatro días con paradas en París, Lourdes y Metz.
- La misa de la Plaza de la Concordia reúne a cientos de miles de fieles en el centro de París.
- El pontífice alerta sobre los riesgos éticos de la inteligencia artificial y reclama paz y desarme.
- Macron no asiste a los actos religiosos en un país marcado por su tradición laica.
La presencia de León XIV en Francia ha devuelto al país vecino una imagen poco habitual: la de un pontífice recorriendo París, Lourdes y Metz durante cuatro jornadas y concitando la atención de fieles, curiosos y dirigentes políticos. El viaje no se ha limitado a ceremonias religiosas; también ha servido para poner sobre la mesa asuntos como la paz, el papel de Europa, la inteligencia artificial o el encaje de la religión en una república que presume de laicidad.
Desde su llegada, el programa combinó actos multitudinarios con gestos de fuerte carga simbólica. La agenda incluyó una misa en el centro de París, una oración en Notre-Dame, una vigilia con jóvenes en Saint-Denis, una parada en Lourdes y un tramo final en Metz. En todos esos escenarios, León XIV insistió en colocar a la persona por delante de cualquier otro criterio, ya sea económico, tecnológico o geopolítico.
Un viaje de cuatro días que devuelve a un papa a Francia

El desplazamiento ha sido presentado como el primer gran viaje de un papa a Francia desde Benedicto XVI, ya que Francisco había optado por visitas apostólicas más concretas a Marsella y Córcega. La escala parisina tuvo un peso especial: no en vano, la capital francesa no recibía una visita papal de este tipo desde hacía casi dos décadas. La organización subrayó que se trataba de una cita relevante para el catolicismo europeo y para la propia Iglesia francesa.
El itinerario no se quedó en los grandes escenarios. París, Lourdes y Metz funcionaron como tres puntos de un mismo mensaje. En París, el pontífice se midió con la Francia más institucional y con la Francia más multitudinaria; en Lourdes, se acercó al santuario y a la dimensión más devocional; y en Metz, ciudad fronteriza y europea, cerró su recorrido con un llamamiento a la concordia y a la responsabilidad común. La mezcla de política, fe y cultura marcó buena parte de las jornadas.
La visita también dejó claro que la relación entre la Iglesia y la República no es sencilla. Emmanuel Macron recibió al papa en el Elíseo y mantuvo con él una reunión de trabajo, pero después evitó participar en los actos estrictamente religiosos. Esa decisión fue interpretada como un gesto de respeto hacia la tradición laica del Estado francés, aunque algunos analistas consideraron que no habría supuesto ningún problema institucional.
La misa de la Concordia: una marea humana en el centro de París

El momento más comentado llegó el sábado por la tarde, con una misa al aire libre en la Plaza de la Concordia y sus alrededores. La zona, habitualmente transitada por turistas y vecinos, quedó ocupada por una marea humana que siguió la ceremonia desde los Campos Elíseos. La Iglesia francesa había preparado el dispositivo para recibir a cientos de miles de personas, y las imágenes aéreas mostraron una concentración difícil de ver en la capital en los últimos años.
El papa recorrió parte del trazado en el papamóvil, saludando a los presentes y deteniéndose en algunos puntos para bendecir a niños, enfermos y personas con discapacidad. La expectación era tal que muchos asistentes llegaron varias horas antes para asegurarse un sitio. Entre vítores y aplausos, la jornada recordó a las grandes celebraciones deportivas o a las concentraciones excepcionales que París ha vivido en su historia reciente.
Aunque el acto tuvo un carácter religioso, su eco fue inevitablemente político. Macron no acudió a la misa, pero otros nombres relevantes de la política francesa sí estuvieron presentes o siguieron la cita con atención. En un país donde la separación entre Iglesia y Estado forma parte del imaginario republicano, la imagen de una multitudinaria celebración católica en el corazón de París alimentó el debate sobre qué lugar debe ocupar la religión en el espacio público.
Notre-Dame, jóvenes y Lourdes: los otros gestos del viaje
Otro de los instantes destacados fue la oración vespertina en Notre-Dame. La catedral, reconstruida tras el incendio de 2019 y reabierta a finales de 2024, recibió al pontífice en una ceremonia cargada de simbolismo. León XIV quiso reconocer el valor patrimonial y espiritual del templo, así como el trabajo de quienes participaron en su restauración. Miles de personas siguieron el acto desde el exterior, conscientes de que no se trataba de una visita cualquiera.
La dimensión juvenil también tuvo un papel central. En el Estadio de Francia, en Saint-Denis, el papa presidió una vigilia con decenas de miles de jóvenes. El ambiente fue mucho más festivo que institucional, con cánticos, ovaciones y un tono cercano por parte de León XIV. La Iglesia francesa ve en este tipo de encuentros una señal de que el interés por la fe no ha desaparecido, sobre todo entre generaciones que buscan respuestas en un contexto de incertidumbre global.
El viaje incluyó además una parada en Lourdes, donde el pontífice se acercó al santuario que convirtió a la localidad en un referente mundial para los católicos. Antes, en París, se había reunido con migrantes y refugiados en la Maison Bakhita. En sus palabras, la dignidad migratoria y el aumento de bautismos de adultos en Francia fueron asuntos recurrentes, presentados como signos de vitalidad más allá de las cifras oficiales.
El aviso sobre la inteligencia artificial y la paz

Uno de los ejes más insistentes del pontificado de León XIV volvió a aparecer en Francia: la inteligencia artificial. En su encíclica inicial, Magnifica Humanitas, el papa ya había advertido de los riesgos de concentración de poder tecnológico, de los sesgos de los sistemas y de la dependencia creciente de las plataformas digitales. Durante este viaje, retomó esas ideas para pedir que la técnica no sustituya el discernimiento ético ni reduzca la dignidad humana a una medida de eficiencia.
En sus intervenciones, el pontífice alertó contra la tentación de construir un mundo dominado por máquinas inteligentes mientras se debilita la atención a las personas. La UNESCO y el Elíseo fueron algunos de los escenarios donde desarrolló este diagnóstico, insistiendo en la necesidad de regular los algoritmos. Defendió invertir en empatía, curiosidad y pensamiento crítico, y reclamó marcos jurídicos y mecanismos de vigilancia que impidan que las nuevas herramientas se conviertan en instrumentos de dominación o injusticia.
Junto a la tecnología, la paz ocupó un lugar central. León XIV llamó a detener la carrera armamentística y cuestionó la idea de que la posesión de armas nucleares garantice seguridad. También denunció la violencia ejercida en nombre de Dios y subrayó que ninguna civilización se mide solo por sus logros materiales. En Metz, ciudad de frontera y memoria europea, insistió en la negociación y en la búsqueda creativa de acuerdos como vías para evitar nuevos conflictos.
Una Francia laica ante el espejo católico

La visita ha dejado una paradoja difícil de ignorar. Francia es un país de larga tradición católica, pero también una república construida sobre la idea de que la fe pertenece al ámbito privado. La asistencia masiva a los actos convivió con el descenso sostenido de la práctica religiosa y con los escándalos que han dañado la credibilidad de la Iglesia en las últimas décadas. Aun así, el entusiasmo popular obligó a mirar el fenómeno con más matices.
Para algunos sectores, el catolicismo ha pasado a funcionar como patrimonio cultural y seña de identidad en la disputa política sobre qué significa ser francés. Para otros, la reacción ante el papa muestra una espiritualidad latente que no siempre encuentra cauce institucional. El propio León XIV evitó entrar en polémicas partidistas y prefirió hablar de humanismo, fraternidad y responsabilidad colectiva, aunque sus palabras sobre la eutanasia o el armamento nuclear no pasaron desapercibidas.
El viaje también tuvo un efecto de imagen para la Iglesia francesa, que quiso demostrar que sigue teniendo capacidad de convocatoria. La visita de León XIV no resolvió las tensiones entre laicidad y religión, pero sí las puso en primer plano con una intensidad poco habitual. En un momento de fragmentación política y desconfianza hacia las instituciones, el papa ofreció un discurso que apelaba a la conciencia individual y a la construcción de comunidades más humanas.
Lo ocurrido en Francia deja varias claves para el pontificado de León XIV: una Iglesia que busca presencia pública sin renunciar a su mensaje espiritual, un diálogo complicado con un Estado laico y una preocupación creciente por el impacto de la tecnología en la vida cotidiana. Entre multitudes en París, silencios en Notre-Dame y llamamientos a la paz, el viaje ha servido para medir tanto el peso simbólico del catolicismo en Europa como los límites de su influencia en una sociedad cada vez más diversa. La cita no se cerró con una conclusión cerrada, sino con una invitación a seguir discutiendo el lugar de la persona en un mundo que cambia deprisa.
