- Artemis II despega desde Florida con cuatro astronautas rumbo a la órbita lunar tras años de retrasos y pruebas
- La misión, de 10 días, probará el cohete SLS y la nave Orión antes de futuros alunizajes previstos por la NASA
- Europa y la ESA juegan un papel clave al suministrar el módulo de servicio de Orión y participar en el programa
- El vuelo se retransmite en directo, con seguimiento continuo desde España y el resto del mundo hispanohablante
El ser humano vuelve a mirar de frente a la Luna con un proyecto tripulado ambicioso: la misión Artemis II de la NASA ha despegado con éxito desde Florida y ya viaja hacia la órbita lunar, más de medio siglo después de las históricas misiones Apolo. En España, la mayoría de aficionados a la astronomía siguieron el arranque de la misión de madrugada, pendientes tanto del lanzamiento como de la retransmisión en directo de cada maniobra clave.
Durante diez días, cuatro astronautas pondrán a prueba el cohete SLS y la cápsula Orión, piezas centrales del programa Artemis que deben allanar el camino para que, a partir de 2028, vuelvan los alunizajes y se empiece a construir una presencia humana estable en el satélite. Entre ellos viajan la primera mujer y el primer hombre negro que orbitan la Luna, además del primer astronauta canadiense que participa en una misión de este tipo, en un esfuerzo internacional en el que Europa también tiene mucho que decir.
Un despegue histórico hacia la órbita lunar
El cohete Space Launch System (SLS) despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral (Florida), a última hora de la tarde hora local, ya entrada la madrugada del Jueves Santo en la península ibérica. Pocos minutos después, como estaba previsto, el conjunto alcanzó la órbita terrestre e inició la fase de maniobras que conducirán al sobrevuelo de la Luna.
La tripulación está formada por Reid Wiseman (comandante), Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. Viajan a bordo de la cápsula Orión, una nave de unos cinco metros de diámetro que será su hogar durante los 10 días de misión. Nada más superar la atmósfera, Wiseman no pudo evitar un comentario espontáneo al mirar por las ventanas de la nave y describir la escena como una vista sencillamente espectacular.
En las salas de control de la NASA y en los alrededores de la rampa de lanzamiento, la tensión de los últimos minutos dio paso a una mezcla de alivio y emoción contenida. No es para menos: se trata del primer vuelo tripulado hacia la órbita lunar desde Apolo 17, en 1972, y del primer ensayo real del sistema completo que la agencia estadounidense quiere emplear más adelante para llegar a Marte.
El despegue se llevó a cabo en condiciones meteorológicas favorables. Los expertos habían estimado alrededor de un 80% de probabilidad de clima adecuado, algo clave tras los retrasos acumulados en febrero por problemas técnicos y mal tiempo. Esta vez, la ventana de lanzamiento se aprovechó plenamente.
Problemas técnicos resueltos en el último momento
Antes de que los motores principales RS-25 se encendieran y los propulsores laterales se pusieran a trabajar a pleno rendimiento, los ingenieros tuvieron que resolver varias incidencias de última hora. Una de ellas estaba relacionada con el sistema de aborto de misión, el mecanismo capaz de separar rápidamente la cápsula de la parte principal del cohete en caso de emergencia durante los primeros minutos del vuelo.
El equipo técnico analizó el comportamiento de este sistema utilizando datos y piezas de misiones anteriores, confirmando finalmente que la anomalía no afectaría a la seguridad de la tripulación ni a la cuenta atrás. También se detectó un sensor que indicaba una temperatura fuera de rango en una batería, además de un fallo puntual en las comunicaciones entre la nave y el control en tierra, que fue corregido antes de autorizar el despegue.
La NASA ha insistido en que la prioridad absoluta del programa Artemis es la seguridad, por lo que se mantiene el margen para aplazar o reprogramar cualquier lanzamiento si el clima, los sistemas de vuelo o las instalaciones en tierra no cumplen con los criterios marcados. De hecho, en esta ocasión la agencia había previsto varias ventanas alternativas hasta el 6 de abril, por si el lanzamiento previsto inicialmente no hubiera podido ejecutarse.
En paralelo, la tripulación dispone de trajes espaciales diseñados para soportar periodos prolongados en caso de emergencia, así como de procedimientos de contingencia para cambiar la trayectoria o abortar el vuelo alrededor de la Luna si se detecta algún problema durante el viaje. Todo esto forma parte de la filosofía de pruebas graduales que guía el programa.
Los primeros minutos en el espacio: separación y despliegue
Poco después del despegue, se produjo la separación de los dos enormes propulsores laterales del SLS, encargados de proporcionar el impulso inicial para vencer la gravedad terrestre. La maniobra tuvo lugar alrededor de los dos minutos de vuelo, y las estructuras cayeron, tal y como estaba planificado, en zonas del océano previamente restringidas a la navegación.
A continuación, se separó el cohete de escape ubicado en la parte superior y se desprendieron las carenas protectoras de la cápsula. Esta secuencia marca el fin de la fase más crítica de la ascensión, durante la cual, si algo hubiera salido mal, el sistema de aborto de misión habría podido alejar de forma inmediata la cápsula Orión del resto del cohete.
Con la nave ya en el entorno de la órbita terrestre, se desplegaron los cuatro grandes paneles solares de Orión, cada uno equipado con unas 15.000 celdas para captar la energía del Sol. Estos paneles proporcionarán la electricidad necesaria para los sistemas de a bordo durante toda la estancia en la órbita terrestre y en el trayecto hacia la Luna y de vuelta.
En las horas posteriores al lanzamiento, la tripulación empezará a realizar las primeras pruebas de pilotaje manual de la cápsula. Una de las maniobras previstas consiste en una rotación controlada de la nave para enfrentarse a la etapa de propulsión, práctica fundamental con vistas a futuros acoplamientos en órbita con otros módulos lunares o estaciones espaciales.
Diez días de misión para preparar el regreso a la Luna
Artemis II está concebida como una misión de prueba de 10 días en la que los astronautas orbitarán la Luna y regresarán a la Tierra. Durante las primeras 48 horas permanecerán en órbita terrestre, verificando la estabilidad de los sistemas de soporte vital, comunicaciones, propulsión y control ambiental de Orión antes de ejecutar la maniobra que los enviará hacia el satélite.
Una vez en trayectoria lunar, la nave realizará un sobrevuelo que los llevará a la cara oculta de la Luna, esa región que no es visible desde la Tierra. En ese punto, la distancia con la superficie lunar se situará entre unos 6.500 y 9.500 kilómetros, lo que permitirá obtener observaciones y registros detallados del terreno.
La tripulación dedicará varias horas exclusivamente a la observación científica: captarán imágenes de alta resolución y estudiarán características geológicas con el fin de ayudar a planificar futuros alunizajes y la posible instalación de una base permanente. Según ha explicado la especialista de misión Christina Koch, en función de la iluminación y del momento exacto del sobrevuelo podrían observar superficies que nunca antes han sido vistas directamente por ojos humanos.
Desde esta posición privilegiada, los astronautas también podrán contemplar la Tierra y la Luna en una misma vista, con el satélite en primer plano y nuestro planeta al fondo, una imagen con un fuerte componente simbólico que evoca tanto las misiones Apolo como el nuevo enfoque de cooperación internacional que caracteriza a Artemis.
Orión y SLS: la arquitectura que sostendrá el programa Artemis
Detrás de este vuelo hay más de una década de trabajo. El cohete SLS es el lanzador más grande y potente que ha construido la NASA desde el Saturno V, utilizado durante las misiones Apolo. Dependiendo de la configuración, puede colocar en órbita baja entre 95 y más de 130 toneladas, lo que lo sitúa entre los cohetes más poderosos jamás diseñados.
Su arquitectura apuesta por tecnología probada frente a soluciones radicalmente nuevas. Muchos de sus componentes, como los motores RS-25 y los propulsores de combustible sólido, derivan directamente del antiguo programa del transbordador espacial. Ese enfoque busca una fiabilidad elevada, aunque hace que el sistema resulte menos flexible, muy costoso y de un solo uso, por lo que la NASA ya estudia dar paso en el futuro a alternativas comerciales reutilizables más económicas.
El otro pilar es la nave Orión, una cápsula tripulada concebida para misiones más allá de la órbita baja terrestre. Su diseño se remonta al antiguo programa Constelación, iniciado en 2005, lo que ha suscitado críticas de quienes consideran que se basa en una tecnología demasiado veterana para asumir las ambiciones de llevar humanos a Marte en la década de 2030.
En Artemis II se vigilan con especial detalle dos elementos. Por un lado, el escudo térmico que protegerá la cápsula durante la reentrada en la atmósfera a velocidades cercanas a los 40.000 kilómetros por hora. Ya mostró comportamientos anómalos en la misión no tripulada de 2022, lo que obliga a extremar la cautela, más aún a la vista de los precedentes históricos del programa de transbordadores.
Por otro, el sistema ambiental y de soporte vital (ECLSS), responsable de mantener condiciones habitables a bordo: oxígeno, temperatura, humedad y eliminación de CO₂, entre otras funciones. Aunque ha sido probado exhaustivamente en tierra, esta misión supone una prueba fundamental en vuelo real antes de plantear estancias tripuladas de mayor duración.
El papel clave de Europa y la Agencia Espacial Europea
La participación europea en Artemis II no es testimonial. La Agencia Espacial Europea (ESA) se encarga de buena parte del módulo de servicio de Orión, esencial para proporcionar energía, propulsión, control térmico y parte del sistema de soporte vital de la nave.
Este módulo, desarrollado por Airbus para la ESA, representa una contribución tecnológica de primer nivel desde Europa. Integra tanques de combustible, paneles solares, motores principales y secundarios, así como sistemas de control que permiten maniobrar a Orión durante el trayecto hacia y desde la Luna. Sin este componente europeo, la misión tal y como está concebida no sería posible.
Para la industria espacial del continente, la colaboración con la NASA en Artemis abre la puerta a nuevas oportunidades, tanto en el terreno científico como en el comercial. Empresas y centros de investigación de varios países europeos participan en el desarrollo de subsistemas, instrumentos y tecnologías que podrán reutilizarse más adelante en misiones lunares, marcianas o en proyectos de exploración robótica.
Desde la perspectiva española, aunque España no aporta piezas tan críticas como el módulo de servicio, sí participa a través de la ESA y de su tejido industrial y científico, lo que refuerza el posicionamiento del país en programas de exploración de largo alcance. Para muchos investigadores y aficionados a la astronomía, seguir Artemis II en tiempo real supone comprobar cómo Europa forma parte activa de una nueva fase de exploración tripulada.
De Apolo a Artemis: una nueva etapa de la exploración lunar
Las misiones Apolo marcaron un antes y un después al poner por primera vez a seres humanos en la superficie de la Luna. Tras Apolo 17, en 1972, la NASA canceló sus siguientes proyectos de exploración lunar, y durante décadas la presencia humana más allá de la órbita baja quedó aparcada. Artemis supone retomar ese camino, pero con un enfoque diferente.
El objetivo declarado del programa no es solo volver a plantar una bandera, sino establecer una presencia sostenida en la Luna, con bases permanentes y actividades científicas e industriales a largo plazo. Para ello, Artemis II es un paso intermedio: una misión de ensayo que permitirá ajustar procedimientos, validar tecnologías y conocer mejor el entorno en el que, en el futuro, se desarrollarán actividades regulares.
El programa, no obstante, ha estado marcado por retrasos, sobrecostes y cambios políticos. Durante la segunda presidencia de Donald Trump se intentó adelantar plazos, lo que añadió presión a los equipos técnicos. Más recientemente, la NASA ha decidido reestructurar el calendario, incorporando una misión adicional de prueba en 2027 y desplazando los alunizajes tripulados, que ahora se contemplan al menos a partir de 2028.
En Washington, además, existe la preocupación de no perder terreno frente a China, que se ha fijado como meta situar astronautas en la Luna antes de 2030. Este contexto geopolítico añade un componente de carrera espacial moderna, aunque con un enfoque más centrado en la cooperación y en la explotación de recursos que en la simple demostración de poder.
Lanzamiento seguido en directo en España y el mundo hispanohablante
Una diferencia notable respecto a las misiones Apolo es la forma en que el público puede seguir cada fase de la aventura. La NASA está retransmitiendo en directo el viaje de Artemis II a través de sus canales oficiales, incluido YouTube, con emisiones en inglés y también con cobertura en español para la audiencia hispanohablante.
La señal mostrará imágenes de la nave y de la tripulación siempre que lo permita el ancho de banda disponible. Cuando sea necesario reservar capacidad de comunicación para operaciones críticas, la pantalla podrá mostrar un fondo azul; si se observa un fondo negro, será indicio de que la nave atraviesa zonas en oscuridad o en las que la cámara no está enviando imagen.
La cobertura oficial de la NASA está prevista las 24 horas del día, los siete días de la semana durante los 10 días de la misión. Paralelamente, el centro Johnson en Houston proporcionará informes diarios sobre el estado de la nave y de la tripulación, con la única excepción de una jornada sin actualizaciones por coincidir con maniobras de sobrevuelo lunar de especial complejidad.
Muchos medios en España y América Latina se han sumado a esta retransmisión, ofreciendo comentarios, entrevistas y explicaciones técnicas en castellano. Para quienes siguen la misión desde nuestro país, las horas de madrugada de estos días se han convertido en cita obligada para no perder detalle de cada maniobra, desde la inserción en la órbita lunar hasta el esperado regreso a la Tierra.
El retorno: una reentrada al límite de la tecnología
El tramo final de Artemis II será uno de los más delicados. La nave Orión deberá reentrar en la atmósfera terrestre a unos 40.000 kilómetros por hora, una velocidad que generará temperaturas cercanas a los 2.700 ºC en el escudo térmico, aproximadamente la mitad de la temperatura superficial del Sol.
Para completar esta fase, el módulo de la tripulación se separará del resto de la nave y girará hasta orientar el escudo térmico en la dirección adecuada. Esta maniobra es crucial para disipar el calor extremo y mantener a los astronautas protegidos en el interior de la cápsula.
Si todo sucede según lo previsto, una vez superada la parte más intensa de la reentrada se desplegará un sistema de paracaídas que reducirá progresivamente la velocidad de la nave. El amerizaje está programado en el océano Pacífico, frente a la costa de California, donde un equipo especializado de rescate se encargará de recuperar a la tripulación y la cápsula.
Solo cuando los cuatro astronautas estén a salvo a bordo del buque de recuperación y la nave haya sido asegurada, la NASA considerará completada la misión con éxito. Hasta entonces, el equipo en tierra insiste en que queda mucho trabajo por delante y que cada fase, desde las pruebas de sistemas hasta la vuelta a casa, se analiza con el mismo nivel de detalle.
Con el lanzamiento de Artemis II, la exploración lunar inicia una etapa en la que la tecnología desarrollada a lo largo de décadas, la colaboración internacional y el seguimiento masivo desde lugares tan distintos como España, Canadá o Estados Unidos se combinan para hacer posible que una nueva generación de astronautas vuelva a orbitar la Luna. Esta misión, concebida como banco de pruebas exhaustivo, será la referencia sobre la que se diseñen los próximos pasos: los alunizajes previstos para finales de la década, la construcción de bases lunares y, a más largo plazo, los viajes tripulados a Marte.

